Plusmarquistas mundiales.

Temporada 1. Capítulo 9.txt

Sigo sin irme de vacaciones pero sigo aquí, en la exigente práctica de este deporte llamado vivir. Los días se suceden, Madrid se vacía y te vuelves a enamorar de la gran ciudad constatando que el infierno son los otros. La segunda dosis de la vacuna me ha sentado mal pero me va a sentar muy bien salir corriendo de este curso escolar y suspender con un cero selectividad. Bienvenidos.


Me encanta ver las Olimpiadas, cualquier deporte. Me embelesan los rituales de los deportistas, las miradas perdidas, los pechos y las manos saliéndose del cuerpo para batir récords mundiales. Me apasionan la victoria y la derrota, el llanto por cualquier resultado. Y este año estoy tremendamente feliz porque el abandono ha cogido fuerza como tema de conversación. Abandonar, abdicar, mandarlo todo a la mierda. Estas me parecen las mejores olimpiadas de todos los tiempos: llenas de limitaciones, de enfermedad, de vicisitudes, de cabezas estallando, de cuerpos al límite. Estas olimpiadas son más que nunca como la vida. El deporte siempre es la vida, pero era necesario ver a los campeones hundirse como nos hundimos nosotros. Todos estamos en el mismo equipo de carne, huesos y emociones.


Y no, no me da la gana de hablar de salud mental. Aquí – como suele ser habitual – estuvo muy acertada la gran Carmen Pacheco:

Y yo subiría la apuesta y hablaría de que todo esto es. La condición de ser incluye todo esto. No sé en que momento hemos confundido lo de estar vivos con producir o tener cosas. Estar vivos es comer, llorar, besar, follar, pegar patadas a la pared, dormir si puedes, mirar el mar, patear por Gran Via a las seis de la mañana, levantar pesas, hacer nata montada y poco más.


Things I once enjoyed
Just keep me employed now
Things I'm longing for, mm
Someday, I'll be bored of
It's so weird
That we care so much until we don't

Billie Eilish – Getting Older


Simon Biles nos permite reconocernos como plusmarquistas mundiales. Todos perseguimos nuestra medalla de oro o de chocolate con ahínco. Parece que esa persecución tiene que ser constante, espléndida, sin sudor y sin lágrimas. Parece que todo tiene que tener inevitablemente una buena moraleja y tras toneladas de esfuerzo, una recompensa. Y no. A veces sencillamente las cosas no funcionan. A veces Simon no ve donde están ni el suelo ni el techo lo mismo que nosotros nos desubicamos en nuestras rutinas. Suena el despertador, café, trabajo, nuestra doble carpa mortal de vida diaria. A veces todo pierde sentido y hay que hacer lo que ha hecho Biles: ponerse el chándal e irse a la grada.


Pero no hay que idealizar el abandono (en realidad no hay que idealizar nada). Las cosas, eventualmente, no se pueden gestionar bien y acabas lanzando la raqueta un lunes y reventándola contra el suelo un miércoles. Tampoco la derrota tiene una forma adecuada. No tiene porque haber ni solemnidad, ni decoro, ni chándal oliendo al suavizante del Mercadona. Lo mismo que hay victorias amargas no todas las derrotas son una lección. No siempre hay una lectura. A veces solo hay vísceras repartidas por el suelo.


El batiburrillo

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